La despedida de un maestro


Hay personas que te marcan para toda la vida. En mi caso, D. Manuel de la Morena, profesor de Química y de Termodinámica durante 50 años en Tecnun, la Escuela de Ingenieros de la Universidad de Navarra. Con él empecé a dar clases.

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Resolviendo un problema de psicrometría

D. Manuel falleció el 28 de febrero de 2011, a los 92 años. Hoy hace 4 años. Aquí copio sus palabras en la comida de despedida tras su jubilación, el 12 de junio de 1993, que tenía entre mis papeles. Sirva este post como pequeño homenaje.

San Sebastián, 12/06/1993

QUERIDOS AMIGOS:

Dicen que a cada cerdo le llega su San Martín. Ya se ve que a mí me ha llegado el mío. Es evidente que yo me he resistido, pero hace unos días me decía uno; “tú eres incombustible” (traducción libre, lo que quería decirme, es que era un “cara dura”).

Cuando me encontraba en mis vacaciones con los amigos de la infancia, éstos no podían comprender que yo siguiera compartiendo la juventud de las aulas, cuando ellos sólo se preocupaban de su Colesterol y se encontraban en el Limbo de sus distintos “hobbies”. No podéis imaginaros la presión que tenía que resistir, cuando me incitaban a que me fuera con ellos a sentarme en el club de Ancianos, para discutir de política, escandalizarse de los malos tiempos que corren y añorar los pasados.

Decían, ¿Pero tú no te acuerdas de aquello que canta D. Hilarión en la Verbena de la Paloma, sobre que las Ciencias adelantan que es una barbaridad…, etc.? Pues ya te podías dar cuenta, que ya no puedes dar clases con la viveza, la altura científica y la novedad que una Gran Escuela Superior de Ingeniería requiere. ¡Pero si tú no sabes manejar un ordenador! ¡Pero si las maquinitas que manejan tus nietos son misterios insondables para tu intelecto!

Pero yo, que siempre tuve vena de actor, que mi afición inconfesada era la de ser un cómico de farándula ferial, a base de gritos, con los que encubría la poca ciencia de mis palabras, engañaba a mis alumnos y valiéndome de mis dotes de persuasión, me hacía propaganda aparentando ser un hombre sabio, un profesor eficiente, de imaginación y viveza joven, escondiendo mis años y mis incapacidades.

… y así me granjeaba una fama que llegaba hasta la Dirección de la Escuela y esta, volvía a pedirme año tras año, lo que yo tanto deseaba, quedarme aquí, en esta mi Escuela, en esta vuestra Escuela, con todos y cada uno de vosotros, con esa renovada juventud que llega ilusionada cada año y vive entusiasmada con el talante y la altura que encuentra en nuestra Universidad.

PERO ESTO SE ACABÓ. Aquí estáis todos, para recordármelo y que no me quede la menor duda. Venimos a despedirte, ya te puedes marchar, tu misión ha concluido… pero no te vayas sin darnos las gracias, y ese es el problema; porque yo no sé si me quedará bastante tiempo, en lo que me resta de vida, para agradecer todo lo pasado.

Manolito-030311_1A riesgo de pareceros aburrido, quisiera hacer una recopilación de lo que fue la comedia de mi vida. Se desarrolló en tres actos; en tres escenarios diferentes.

El primero fue en Málaga “la bella” donde nací. La ciudad que en sus tardes se encuentra adormecida por el aroma de sus flores, sus rosas, las biznagas de sus jazmines, el olor penetrante de sus magnolias o de sus damas de noche y que al final, estalla en la madrugada, para terminar en un sin fin de colores en cada mañana de su eterna primavera.

El segundo acto se desarrolla en Granada, la ciudad de mi primero y eterno amor. La ciudad de la que dice el poeta: “Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser, ciego en Granada”. Tal es el emporio exuberante de sus incontables bellezas.

Y el tercer acto, aquí, en esta ciudad que abre la maravilla de su Concha, extendiendo sus brazos y cerrando sus puños con fuerza en Igeldo y Urgull, para retenerte amorosamente abrazándote y esclavizándote, para que disfrutes y te emociones y te admires, con sus luces y contrastes.

¿Puede ser más maravilloso el escenario donde ha transcurrido mi vida?

… Pero hay más, en el primer término de esta última escena fantástica, aparece la Escuela. Primero en la añoranza de aquel noble edificio, cargado de historia, en Urdaneta… y después, y ahora, en la cima de esta pequeña colina. Ese campo tapizado de un césped bien cortado y mimado. En cada rincón, en todas las esquinas el jardincito repleto de flores de mil colores y de pedruscos salvajes. Y como simbología, aquel pino alto que apunta al cielo y las cinco palmeras, que parece cuchichean entre sí, asombradas del espíritu que las rodea… y con este entorno entras, para admirarte con esos pasillos brillantes y enseguida, mi despacho, pulcro y luminoso, donde poder meditar, estudiar, charlar y comentar con numerosos alumnos que vienen a dilucidar dudas innumerables, sobre mis, al parecer, poco convincentes lecciones… y a unos pocos pasos tan solo, el recoleto y bello Oratorio y allí, el Sagrario, ante el cual poder agradecer, pedir y recibir, lo que cada uno necesita, en todos los momentos de su vida diaria.

¿Se puede pedir más?

Permitidme ahora que os comente algo que me ha sucedido tan solo hace unos días. Entre los ejercicios que estaba corrigiendo del último examen que hice de Termodinámica el 31 de Mayo, un chico, al final de su último problema, me ha escrito con letras mayúsculas lo siguiente:

“Don Manuel, Tenga suerte en su nueva vida”.

Os digo que me ha dado que pensar la frasecita. En principio me he sentido emocionadamente halagado, y con el lápiz rojo con el que estaba corrigiendo le he contestado “Muchas gracias hijo. Un abrazo”. Pero luego me he quedado pensando: ¿Es posible que yo sea tan feliz, tenga tanta suerte en mi nueva vida, como lo he sido y he tenido hasta aquí?

Dios mi Señor, me ha dado a lo largo de mis años, lo que ahora al cabo del tiempo, considero imposible de superar.

Ahora pienso en mis padres, en aquel hogar donde recibí la luz que ha iluminado todo el camino de mi vida. Pienso en la mujer que compartió conmigo las maravillas de un nuevo hogar y que sigue presente siempre en todos los rincones de mi casa y de mi corazón. En los hijos que tengo y que una representación ha querido venir para disfrutar de esta excelente comida. Pienso en mis nietos que están aquí representados también con el benjamín de la saga. Y, también, en los cerca de 10.000 alumnos que me soportaron y que me brindaron su amistad. Y, en todos vosotros, que convivisteis conmigo en esta fantástica Escuela. En esta aventura que yo creía imposible.

En aquel Pachi Tegerizo, que un día supo transmitirme su fe. Aquel hombre cuando fue un día de verano del 62 a contratarme a Málaga donde yo pasaba mis vacaciones, dejaba bien claro que no había nada, que no había un duro, pero que si Dios quería el proyecto, humanamente descabellado de fundar una Escuela de Ingenieros, se haría realidad… Y vine hasta aquí y vi al Director de entonces, D. Joaquín Casellas, y a Carlos Jordana y a Pepe Casares y a Javier Urquía y la sin par Conchita y al eficiente secretario Hermosilla… ¿Quién era capaz de no comprometerse en la maravillosa aventura con aquella gente?… Y pronto fueron viniendo más, Diego Ramírez, Juan José Sánchez Rodríguez, Facundo Sancho, Jaime Faustman, nuestro Anchón Idarreta y tantos otros… muchos vinieron, dieron aquí parte de su vida, y luego marcharon, como heraldos vocingleros, para comunicar por toda España, que en San Sebastián ya había una Escuela de ingenieros… Imposible nombrarlos a todos, pero todos están en mi recuerdo. Como vosotros ahora, ellos dejaron aquí la impronta de su saber, de su entusiasmo, de su dedicación,… y conmigo, ellos, como vosotros, se volcaron brindándome una amistad profunda, larga, imborrable, imperecedera…

GRACIAS DIOS MÍO. ¿Porqué, mi Señor, quisiste darme tanto?

Gracias a todos vosotros que hicisteis posible una parte tan grande de la felicidad que he tenido en esta Escuela.

Gracias a todos los alumnos, que desde aquí los recuerdo, porque llevaron la peor parte al tener que soportar mi idiosincrasia.

Gracias a ese chico que me escribía la frasecita de despedida. Yo le diría, que parece imposible que en mi nueva vida pueda ser tan feliz, pero que lo intentaré, que por mi no quedará, pero que todo depende, como antes, como ahora, como siempre de la voluntad de Dios. Yo amagaré y me sentiré, dispuesto a seguir recibiendo sus favores.

En fin, me voy. Ya he borrado suficientes metros cuadrados de pizarra, se calcula en unos 400.000 m2, cerca de 100 campos de fútbol y lo malo fue que antes tuvieron que ser emborronados. Atrás quedan unas 20.000 horas de clase. Atrás aquellos días que le pedía a los alumnos que viniesen a examinarse de corbata y chaqueta, como al militar que debe ser fusilado se le exige que vista de uniforme de gala y con condecoraciones. Cómo me abruma el pensar la inimaginable cifra de tonterías que he dicho en tantas clases. Quién podrá calcular los Decibelios que he proferido y que sin duda contribuyeron al gran aumento de contaminación por ruido en mis 50 años de docencia…

Pido a Dios que ese ruido se convierta hoy en un susurro humilde de perdón, por lo que no hice, por lo que mal pensé, por lo que omití, por lo que hice mal… Que ese murmullo de perdón sea para todos a los que molesté, a los que no correspondí,… a todos vosotros que hoy a pesar de venir a despedirme y a pasarlo bien, habéis tenido que sufrir el escuchar unas palabras demasiado serias de mi parte, esta caterva de fraseología barata, mal sonante quizás, aburrida a veces y poco felices e inteligentes siempre… pero eso sí, llenas, rebosantes de una sincera devoción por vuestra presencia y… con el corazón lleno de mi emocionado agradecimiento, quiero levantar mi copa, primero por todos vosotros y por todos los ausentes que tanto me dieron y en segundo lugar pediros que levantéis las vuestras para brindar por el futuro provechoso, brillante, largo, imperecedero de nuestra Escuela, a la que ya, yo no podré consagrar todos los momentos que me restan de vida.

Acerca de Tomás Gómez-Acebo

Soy vicerrector de Alumnos de la Universidad de Navarra, profesor de Termodinámica de Tecnun-Universidad de Navarra, e investigador en el departamento de Materiales del CEIT-ik4.
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